25 jul.

Del cuentista al storyteller (I) Corrupciones lingüísticas

Los textos de estas tres próximas entradas están originalmente en catalán. Israel Hergón me pidió traducirlo *hace más de un año (más vale tarde que nunca…)* pero como incido en aspectos lingüísticos desde la perspectiva de la lengua catalana, la traducción está acompañada de algunos comentarios que no son necesarios en el original. 

Me he permitido indagar un poco sobre qué le pudo ocurrir a la narración oral para que el término “cuento” sea percibido diferente en catalán que en castellano. Espero que sea de agrado y que sirva para poder ir desgranando vocablos y elucubraciones para arropar amorosamente esta bellísima y controvertida herramienta imaginaria que es el lenguaje.
A partir de aquí, el texto prometido:

En gamificación hay un concepto de suma importancia: lo que se llama Storytelling (la narración de historias) que se concreta en la figura del storyteller. En catalán, a este personaje lo llamamos “contacontes” y en la Grecia clásica lo llamaban aedo (cantor), que era un poeta que tocaba mientras cantaba versos para divertir al personal, como se ha hecho toda la vida de diferentes maneras y en diferentes lugares del planeta.
Ha habido aedos, juglares y trovadores; bufones, novelistas y comediantes; pintores, dibujantes y fotógrafos; diseñadores de juegos y cineastas. A lo largo de toda la historia de la cultura humana ha habido incontables “contacontes” expresándose en numerosos soportes. 
Por ejemplo, el hecho de cantar es una técnica ancestral para agilizar la memoria. Ya cantaban los aedos en la Grecia clásica para recordar poemas pero también los trovadores en el siglo XIII y hasta los soldados de Gengis Khan cantaban para recordar órdenes y estrategias. Cantar también sirve para memorizar las tablas de multiplicar. Y funciona, porque yo todavía me las sé…
storytelling
Cantando retenemos mejor y el divertimiento refuerza el aprendizaje. Y de aquí, la importancia de las personas que narran las historias, de su manera de ver el mundo y explicárnoslo. Unos explican historias, otros las escriben; pero algunos las transforman en imágenes que perduran en el tiempo, en aquello que llamamos representaciones artísticas: una pintura, una película, un monumento.
Las imágenes hablan, expresan la manera que tienen los artistas de ver el mundo. El arte es un juego: el de conocer la mirada del artista; el arte es el juego de la empatía y el del pensamiento simbólico. Y bien jugado, desarrolla capacidades cognitivas y emocionales, instruyéndonos en un arte superior: el del pensamiento crítico.
1. LA CORRUPCIÓN  DE LA FIGURA DEL “CUENTISTA”

La figura del “cuentista” ha quedado empañada y corrompida por la carga excesiva de fantasía narrativa y por el número de embaucadores que se han servido de historias para aprovecharse de la voluntad de los demás. Por ello, tenemos una percepción distorsionada, asociada al engaño o a la falta de madurez. Parece ser que los cuentos son para los niños pero el niño que llevamos dentro no muere nunca y siempre quiero que le cuenten historias: si no, no leeríamos, no iríamos al cine ni a misa; y no se haría ni cotilleo.

Los “cuentistas” siempre buscan el efectismo y se suele exagerar la narración buscando el impacto del público. El paso del tiempo y los descubrimientos científicos han revolucionado nuestra manera de percibir el mundo y, según qué historias, ya no las cree nadie. Las tradiciones locales quizás van muriendo pero los valores universales que transmiten las historias perduran en el tiempo al largo de todas las épocas.

Pero la figura del “cuentista”, si bien no desapareció, quedó relevada a artistas y sacerdotes: unos explicaban la verdad y los otros se la inventaban…


1.1. La huella lingüística

A. Cuento vs. “Cuentu”. 
*En catalán hacemos distinción entre “conte” (cuento) y “cuentu” (milonga, engaño, mentira). Para más INRI tenemos compte (cuidado o cuenta)  y comte (conde)*
Los rastros de esta percepción negativa de la figura del “cuentista” los encontramos en el lenguaje común: en las frases hechas, en las aceptaciones del diccionario y en el lenguaje coloquial, extraacadémico, que va más rápido que el propio diccionario. En catalán decimos “que un té cuentu” (“que uno tiene cuento”) pero no que “té conte”.
Según la Real Academia Española (RAE), “cuento” significa muchas cosas y configura numerosas frases hechas. En general, significa relato o narración breve o de ficción, pero también significa engaño, chisme y desazón. Y de aquí que, “vivir del cuento” tenga connotación negativa en español. Quizás la picaresca tenga mucho que ver…
Creo que la tradición trovadoresca occitana que impregnava los condados catalanes prerenacentistas ha dejado menos estragos lingüísticos. En catalán, se acepta cuento como narración breve y ficción pero, propiamente, no son originarias del catalán frases con connotación negativa cuando se contempla el cuento como una forma de vida. 

B. “Viure del conte” vs. “Viure del cuentu” (vivir del cuento vs. vivir del cuentu)

Curiosamente, si se hace una búsqueda en Google con las palabras “vivir del cuento”, todas las entradas tienen connotación negativa y salen embaucadores que viven o pretenden vivir sin trabajar o engañando a la gente; si se hace una búsqueda en catalán, todas las entradas tienen connotación positiva y se relacionan con la cultura literaria: bibliotecas, programas radiofónicos, la Diada de Sant Jordi, autores de aquí y de allá… 

Si nos fijamos, en catalán, no usamos la expresión “viure del conte” (vivir del cuento) negativamente. Para hacerla peyorativa pronunciamos “cuentu” y decimos. “Viure del cuentu” (Vivir del cuentu) o “aquest és un cuentista“. (este es un cuentista).

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C. “Contistes”, “cuentistas” y cuentacuentos

Nunca he escuchado en boca alguna la palabra “contista” para designar a alguien que vive sin hacer nada o que lo pretende engañando. Contista es una palabra que pertenece a los círculos académicos, de la tradición escrita y no la oral. En catalán, un “contista” es aquel que escribe cuentos; en español, un “cuentista”, además de narrados o escritor, también es aceptado como embaucador. 

En el 2012 la RAE introducía la palabra “cuentacuentos” en el diccionario. En la misma edición, la 23a, se aceptaban palabras como “bloguero, ra”, “clitoriano”, “euroescepticismo”, “friki”, “gayumbos”, “okupar”, “sudoku” i “teletrabajador, ra”. ¿Las quieres ver todas? 

En catalán no hay manera de encontrar “contacontes” en el diccionario però “Viure del conte” (vivir del cuento) es perceptiblemente diferente en catalán. “Cuentistas” son aquí los trovadores occitanos, Calders, Rodoreda o Monzó. Quizás en el resto del Estado se haya asociado más los cuentos a las narraciones picarescas nacidas en el Siglo de Oro, eclipsando el resto de autores posteriores. 

Sea como fuere, a estas alturas de la historia de la humanidad, me parece absolutamente alucinante que se haya aceptado cuentacuentos en el 2012. Más vergüenza siento por el atraso en la lengua catalana, que ni siquiera contempla la palabra “contacontes” en el diccionario y me estoy haciendo una “jartá” de ponerla entre comillas…A mí, las comillas, me parecen algodoncitos con los que envolver las palabras frágiles y nonatas, que requieren un trato delicado.
estilo_oral_y_academico
Si bien los cuentos son tan antiguos como la propia historia del lenguaje, ciertas naderías lingüísticas nos ayudan a entender que una cosa es el lenguaje de la calle y la otra, el académico. Y no los dos dan importancia a las mismas palabras. Pero el lenguaje académico, como las entradas del diccionario, es fruto del lenguaje coloquial. Las palabras que vamos usando se introducen; las que ya no usamos, caen en desuso. Somos los hablantes los que hacemos viva una lengua y quien la hacemos mutar. ¡Ay, el lenguaje: qué gran invento!
 

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