08 Gen

Annex 6: L’origen de l’home_Exercicis. Curs de Mitologia i Cultura Occidental

Per a qui vulgui seguir el curs “Pervivencia de la Mitología Clásica en la Cultura Occidental“, un MOOC de MiríadaX impartit per la Universitat de Cantabriaaquí aniré desgranant el que vaig aprenent lliurement. El curs és originàriament en espanyol i quan l’he trobat ja era tancat i no hi ha data de reposició.
 

Tot i així, a Unican, trobem una assignatura de Mitologia clàssica de la que, dedueixo, s’ha extret el contingut del MOOC. Per tant, el que he fet ha estat anar seguint el contingut dels mòduls de l’assignatura i enriquir-la amb els vídeos del MOOC que trobem al canal d’Unican a Youtube. Veure el resum del curs
Veure el programa i les lectures del curs
Veure Mòdul 4: L’origen de l’home
Veure annex 7: L’origen de l’home_vídeos MOOC

Blog_CreacioAdan
SEMINARI MÒDUL 4: L’ORIGEN DE L’HOME

Es tracta d’analitzar si un mite és genuïnament grec o si té relació amb altres mites orientals. 

  • A. GRÈCIA 

1. Prometeu modela l’home amb fang i terra. La dona, Pandora, es creada pels déus i enviada a Epimeteu, germà de Prometeu.
2. Pandora destapa la gerra i escampa els mals pel món.
3. Els homes que havien viscut una edat d’or feliç van degenerar i Zeus els envia un diluvi per destruir-los.
4. Es van salvar dos justos: Pirra i Deucalió, que van repoblar la Terra.

  • B. EL MITE A LA LITERATURA SUMÈRIA I ACCÀDIA

1. En la tradició sumèria l’origen de l’home s’explica de 4 maneres diferents

a. Brollen de la terra com plantes; b. El modelen amb fang obrers divins: la deesa Nammu modela el cor i Enki (de la tríada sumèria) li dóna vida; c. Els crea Anuru; d. És creat de la sang dels déus. 

2. En aquesta última versió es recull i desenvolupa la tradició accàdia. En el poema de la creació conegut com Enuma Elish, de l’època de Nabucodonosor I (1124-1103 aC), Marduk, amb l’ajuda del Déu Ea, crea als homes per servir als déus. Per crear-los es fa ús de la sang de Kingu, un dimoni. D’aquí s’expliquen els gèrmens malignes de l’ésser humà. Més tard, els altres dos integrants de la tríada divina, An (Anu) i Enlil, decideixen destruir a la humanitat amb un diluvi que dura 7 dies i 7 nits. Un mortal, Zisudra, rep les instruccions per construir una arca i salvar-se. Anu i Enlil li concedeixen la vida i la immortalitat. 

Kingu, a la tradició babilònica és associat al fill de Tiamat, part femenina de les aigües enderrocada posteriorment per Marduk. 

  • C. LA TRADICIÓ HEBREA
1. Déu (un de sol) crea a l’home a la seva imatge i semblança: Adam.
2. Li dóna una companya: Eva.
3. Els instal·la al Paradís (Edén) on vivien despreocupats.
4. Menjaven de tot menys la fruita prohibida. Eva, convençuda pel mal, la serp, es deixa emportar per la curiositat, se la menja i li dóna a Adam, desencadenant les desgràcies del gènere humà. 
5. Els homes degeneren i Déu els envia un diluvi per castigar-los: durará 40 dies i 40 nits. Decideix, però, salvar la família de Noé, que són justos. Es posen a una arca amb una parella d’animals de cada per repoblar de nou el planeta. 

REFLEXIONS FINALS

1. Les tres tradicions són semblants en trets generals.
2. La tradició  bíblica és la més elaborada i recull tots els elements de la mitologia grega. Només es redueix el mite de les Edats: la d’or correspon amb el Paradís.


BIBLIOGRAFIA
• Brandon S.G.F. (dir): Diccionario de religiones comparadas. Ediciones Cristiandad. Madrid, 1975.
• Díaz, C.: Manual de historia de las religiones. Desdée de Brouwer. Bilbao, 1997.
• Lara Peinado, F.: Mitos sumerios y acadios. Editora Nacional, Madrid, 1984.
• Martín Nieto, E.: La Santa Biblia. Ediciones Paulinas. Madrid, 1989.
• Rodríguez Adrados, J.V.: Dioses y héroes: mitos clásicos. Ed. Aula Abierta. Barcelona, Salvat, 1983.
• Ruiz de Elvira, A.: Mitología clásica. Gredos, Madrid, 1975.
TEXTOS D’HESÍODE I OVIDI. L’ORIGEN DE L’HOME
Aquesta pràctica té com a objectiu llegir i comentar les diferents fases del mite a partir dels textos que el transmeten.
EL MITE DE PROMETEU I PANDORA. HESÍODE
   
Y es que oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte de nada. Al punto podrías colocar el timón sobre el humo del hogar y cesarían las faenas de los bueyes y de los sufridos mulos.
Pero Zeus lo escondió irritado en su corazón por las burlas de que le hizo objeto el astuto Prometeo; por ello entonces urdió lamentables inquietudes para los hombres y ocultó el fuego. Mas he aquí que el buen hijo de Jápeto lo robó al providente Zeus para bien de los hombres en el hueco de una cañaheja a escondidas de Zeus que se goza con el rayo. Y lleno de cólera díjole Zeus amontonador de nubes:
«¡Japetónida conocedor de los designios sobre todas las cosas! Te alegras de que me has robado el fuego y has conseguido engañar mi inteligencia, enorme desgracia para ti en particular y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren de corazón acariciando con cariño su propia desgracia».
Así dijo y rompió en carcajadas el padre de hombres y dioses; ordenó al muy ilustre Hefesto mezclar cuanto antes tierra con agua, infundirle voz y vida humana y hacer una linda y encantadora figura de doncella semejante en rostro a las diosas inmortales. Luego encargó a Atenea que le enseñara sus labores, a tejer la tela de finos encajes. A la dorada Afrodita le mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible sensualidad y halagos cautivadores; y a Hermes, el mensajero Argifonte, le encargó dotarle de una mente cínica y un carácter voluble.
Dio estas órdenes y aquéllos obedecieron al soberano Zeus Cronida. [Inmediatamente modeló de tierra el ilustre Patizambo una imagen con apariencia de casta doncella por voluntad del Crónida. La diosa Atenea de ojos glaucos le dio ceñidor y la engalanó. Las divinas Gracias y la augusta Persuasión colocaron en su cuello dorados collares y las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera. Palas Atenea ajustó a su cuerpo todo tipo de aderezos]; y el mensajero Argifonte configuró en su pecho mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble por voluntad de Zeus gravisonante. Le infundió habla el heraldo de los dioses y puso a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen las mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los hombres que se alimentan de pan.
Luego que remató su espinoso e irresistible engaño, el Padre despachó hacia Epimeteo al ilustre Agrifonte con el regalo de los dioses, rápido mensajero. Y no se cuidó Epimeteo de que le había advertido Prometeo no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolverlo acto seguido para que nunca sobreviniera una desgracia a los mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó, cuando ya era desgraciado.
En efecto, antes vivían en la tierra las tribus de hombres libres de males y exentas de dura fatiga y las enfermedades que acarrean la muerte a los hombres […]. Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes.
 HesiodoLos trabajos y los días. Ed. Gredos, Madrid, 1978.
Traducción de Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez
 
MITE DE LES EDATS. OVIDI
Fábula III. La Edad de Oro
Principió la edad de oro, y en ella se echaban de ver naturalmente la fidelidad y la justicia, sin que hubiera leyes que las hiciesen observar ni jueces que las vindicasen. No se conocían ni el castigo ni el temor, ni se grababan en bronce las leyes amenazadoras ni delincuente alguno se miraba temblando en la presencia del juez, porque vivían todos seguros, sin necesidad de quien los defendiese. No había entrado en los mares árbol alguno cortado de los montes para descubrir tierras extrañas ni el hombre conocía otro país que aquel en que había nacido. Aún no ceñían las ciudades fosos ni murallas; los clarines marciales, trompas, morriones y las espadas no se conocían en este tiempo, pues sin la defensa del soldado vivían los hombres tranquilos en los brazos de la dulce paz. La tierra libre, y no tocada de los rastrillos ni hendida con el arado, producía todo género de frutos, y sus habitantes, contentos con sus naturales producciones, se alimentaban de madroños, fresas, cerezas y de la bellota, que sazonada caía de las copudas encinas. La primavera era continua; los blandos céfiros mansamente agitaban con suaves soplos las flores, que nacían sin ser plantadas. También la tierra producía trigo sin el cultivo del arado, y el campo, sin renovarlo, se ponía blanco con las granadas espigas; ya corrían ríos de leche, ya de néctar, y el verde sauce destilaba menudas gotas de la miel más regalada.
Fábula IV. La Edad de Plata con las cuatro estaciones del año
La edad de plata, inferior a la de oro, pero superior a la del pálido bronce, apareció sobre la tierra luego que Júpiter precipitó en el oscuro Tártaro a su padre Saturno y se apoderó del imperio de la tierra. Acortó Júpiter la duración de la antigua primavera y dividió el año en cuatro estaciones, que son: el invierno, el estío, el inconstante otoño y la corta primavera. Desde entonces se calentó el aire, abrasado con los ardorosos calores del estío, y se sintió la escarcha, formada con los helados vientos del invierno. Entonces se vieron precisados los hombres a buscar donde guarecerse; pero sus primeras casas fueron las cuevas, los espesos árboles y las ramas entretejidas en los troncos. Entonces la semilla de Ceres fue envuelta por la primera vez en los surcos que prolongó el arado, y cuando gimieron los novillos, oprimidos bajo el pesado yugo.
Fábula V. La edad de Bronce y de Hierro.
A las edades de oro y plata sucedió la de bronce, más áspera que aquéllas por la crueldad de los vivientes y pronta para las horribles armas; pero no del todo viciada. La última edad fue la de hierro, e inmediatamente se originó de ella toda maldad con un siglo de peor vena. Desaparecieron el pudor, la verdad y la lealtad, y en su lugar se entremetieron el engaño, la traición, la violencia y la insaciable codicia. El piloto se entregaba a los vientos sin conocerlos y las naves, que por tanto tiempo habían sido el decoro de los encumbrados montes, fueron abandonadas a la furia de las olas no tratadas; ya se hizo indispensable que el diestro agrimensor señalase límites a la tierra, común antes a todos, como lo eran la luz y el aire, y no contentos con las abundantes cosechas que producían iban a extraer de sus entrañas las riquezas que escondía y había depositadas en el infierno, y después fueron el origen de innumerables males. Ya estaba descubierto el nocivo hierro y el oro, aún más perjudicial, cuando se apercibe la guerra a lidiar con ambos y hace resonar por todas partes el estruendo de las armas con mano sanguinaria. Vivíase del hurto, y el huésped arriesgaba su seguridad, el suegro no estaba seguro del yerno y apenas los hermanos vivían en paz. Velaba el marido por quitar a su mujer la vida, y ésta al marido; la despiadada madrastra hacía uso del veneno, y los hijos, antes de la muerte de sus padres, averiguaban los años que podían vivir. La piedad estaba en el olvido y la doncella Astrea abandonó la última de los dioses la tierra, contaminada ya con la sangre de los malos.
 Traducción de Francisco Crivell. Poetas latinos. E.D.A.F. Madrid, 1967 
 
MITE DEL DILUVI UNIVERSAL. DEUCALIÓ I PIRRA per OVIDI
En el acto encierra en las cuevas de Eolo al Aquilón y a cuantos vientos hacen huir a las nubes acumuladas, y suelta al Noto. Se lanza al vuelo el Noto con sus alas húmedas y con el rostro terrible cubierto de negra oscuridad; tiene la barba acargada de lluvia, de sus blancos cabellos mana el agua, en su frente descansan nubes, y sus alas y atavío destilan humedad. Y tan pronto como con sus manos abraza y oprime los nubarrones suspendidos, se produce un retumbar; inmediatamente las densas nubes se deshacen en lluvia que cae del cielo. La mensajera de Juno, Iris, vestida de muchos colores, trae nuevas aguas y lleva alimento a las nubes. Las mieses quedan tendidas por tierra, yacen las lloradas ansias del labrador y perece el trabajo inútil de un largo año.
Pero no se contenta con el cielo que le pertenece la cólera de Júpiter, sino que también su azul hermano le ayuda con olas auxiliares. Convoca éste a los ríos; y cuando éstos entran en la mansión de su soberano les habla así: “No hay necesidad ahora de prolijas recomendaciones. Dad libre curso a vuestros ímpetus; eso es lo que hace falta. Abrid vuestras moradas, apartad los diques, y soltad todas las riendas a vuestras corrientes”. Tan pronto les da esta orden, vuelven ellos, dejan expeditas las bocas de sus fuentes y se precipitan en dirección al mar en desenfrenada y turbulenta carrera. Él por su parte golpeó con su tridente la tierra; se estremeció ésta y con sus sacudidas abrió paso a las aguas. Desbordados los ríos, invaden los campos descubiertos y se llevan consigo a la vez árboles, sembrados, animales, hombres, casas y capillas con sus sagrados objetos. Y si alguna morada queda en pie y ha podido resistir enhiesta a tan tremenda catástrofe, las aguas se elevan por encima de su tejado y sus torres quedan ocultas bajo la inundación. No había ya distinción entre mar y tierra; todo era ponto, y el mismo ponto carecía ya de riberas.
[…]
Cuando a aquel paraje, único que las aguas no habían cubierto, arribó Deucalión, conducido con la esposa que compartía su lecho, por una pequeña embarcación ambos rindieron tributo de adoración a las ninfas conocidas, a las divinidades de la montaña y a la profética Temis que entonces se encargaba de los oráculos. No ha habido hombre más excelente ni más amante de la justicia que Deucalión, ni tampoco mujer alguna más temerosa de los dioses que la suya. Cuando Júpiter vio que el mundo estaba cubierto de una líquida sábana formando un inmenso estanque, y que un solo varón quedaba de tantos miles y que una sola mujer quedaba de tantos miles, inocentes ambos, adoradores de la divinidad ambos, dispersó los nubarrones, hizo, valiéndose del aquilón, que las lluvias cesasen, y mostró al cielo la tierra y el empíreo a la tierra. No persiste tampoco la cólera del mar, y el soberano del piélago abandona su arma de tres puntas, apacigua las aguas, llama al azul Tritón, que se erguía sobre el abismo con los hombros cubiertos de su nativa púrpura, y le ordena que sople en su sonora concha y que haga retirarse, dando la oportuna señal, a las olas y a los ríos.
[…]
Traducción de A. Ruiz de Elvira. P. Ovidio Nasón. Metamorfosis. Vol. I (Lib. I-V). C.S.I.C. Madrid, 1990

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *